lunes, diciembre 11, 2006

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Anne Marie estaba sentada, apacible, en su sillón. Había tomado este ritual hacia ya casi tres años, el día que encontró a su marido con la mucama en el granero. Con un cognac en las manos miraba etérea la ventana cubrirse de nieve. La misma nieve que año tras año se acomodaba sobre los biseles de los vidrios que componían su ventana. La misma nieve que se acumulaba sobre las maderas que formaban el techo del granero donde Anne Marie encontró a su marido con la mucama. Años de intentar olvidar, pero ella seguía allí con su cognac, y con el alma tan fría como la hierba bajo la nieve.

- Señora, el abogado ha llegado- dijo Luque, asomado a la puerta de la biblioteca.

- Hazlo pasar, y dile que por una vez se saque el sombrero.
- Si, señora.

Cinco minutos después, la erguida silueta de Luque acompañaba a otra silueta, ésta más baja y redonda. La silueta dio unos pasos, y al acercarse a la chimenea revelóse como la esperada presencia del abogado.

- ¡Edwin, dios mío! Te he dicho ya veinte veces que no me gustan los sombreros en mi casa- exclamó ofuscada Anne Marie.

Edwin había ingresado sin el sombrero en la cabeza, mas sosteniéndolo en las manos. El enojo de Anne Marie era lo último que quería conseguir, por lo que sus nervios estallaron y lo obligaron a arrojar el sombrero al fuego.

- Discúlpeme, Señora Burpbucket- Dijo Edwin mirando el fieltro de su bombín negro quemándose en la chimenea.
- Edwin, querido: tenemos asuntos impostergables.
- Si, señora- Edwin se alejó de la chimenea y fue presuroso al escritorio donde se estaba sentando Anne Marie.

Anne Marie abrió una gaveta y sacó graciosamente una serie de folios cubiertos de sellos, y se los presentó a Edwin. Edwin los tomó, los miró superficialmente uno por uno, al tiempo que su cara empalidecía. Al llegar a la última página, y ver el sello de Su Majestad, levantó la vista y miró a Anne Marie.

- Señora… ¿Ha tramitado su testamento nuevamente?
- Edwin, creo que eso es obvio.
- Pero señora… ¿A que se debe esta traición?

Anne Marie caminó a la ventana, desde donde pudo observar el granero, el viejo abeto, y la nieve juntándose en su ventana. Pasó sutilmente su dedo por el alfeizar de la ventana, y luego lo analizó de cerca para constatar la limpieza. Con una suave frotación de sus dedos se deshizo de cualquier posible mota, y miró a Edwin a los ojos.

- Edwin… esto no es una traición. Es una precaución extra. ¿Sabes? No todo lo que te conté sobre la muerte de mi marido es cierto. Y nada de lo que te dije de Francoise lo es.

3 comentarios:

juanita* dijo...

chan chan chan chan...
Para mi los mato ellaaaaaaa!!!!-jaja
Es muy temprano para sacar conclusiones Sr. Fernandez, pero me gusto la forma de relatar esto, los detalles los gestos.

Seguire la novela...
nos vemos el proximo martes...

juanita* dijo...

me olvide de hacerte una pregunta, un tanto importante para mi.

Que dicen los chilenos de la Muerte de Pinochet? Decime la posta me interesa mucho saber de alguien que pueda ver las cosas desde un punto mas neutro (regarding al pais, no la opinion, espero).

grazie.

moiseselmago dijo...

Interesante ah...
me gusta que el se vea obligado a quemar su sombrero, me imaginé haciendolo y lo encontre como un simblo de desprendimiento como medio cobarde. espero la parte siguiente a ver si se queman mas sombreros.