lunes, octubre 31, 2016

Sueño de Oficina

Boluda, ayer soñé con vos. Un sueño erótico, un flash. Soñé que estámos como por ahí cerca de la fotocopiadora, pero la fotocopiadora era del tamaño de una cama, con un colchón encima, y vos me pedías que te ayudara a sacar unas copias. Y ahí me mirabas y te sacabas la blusa, y te quedabas en tetas. Te subías a la fotocopiadora, y me mirabas así como llamándome. Tus tetas eran preciosas, blancas y tersas, dos panqueques redondos y perfectos, con pezones de aureolas oscuras y pequeñas; las tetas más lindas del mundo, te juro. Yo me acercaba, y te tocaba las tetas, y vos ponías cara de que te gustaba. Te dejabas caer del todo en la cama, y yo bajaba a chuparte la cajeta.
No no, pará, que ahí se pone raro en serio. Medio que a vos no te cabía mucho lo que yo hacía, y eso que le estaba poniendo empeño; pero nada, sentía que estaba chupando algodón de lo seca que estabas. Ahí llegaba el gordo Daniel, de técnica. Se acercaba, no, así medio a lo pornstar, con las manos en el cinturón, y me pregunta "qué pasa pibe, no queda tonner?, No te preocupes, la rellenamos en seguida" Y vos lo mirabas picarona, mientras él se bajaba los pantalones. Sacaba una pijita así, como un meñique, y vos te le tirabas encima y se la chupabas con ganas, como si fuera la pija de Brad Pitt. Y el gordo Daniel acaba, no, y te agarra de sorpresa, como que te revienta la boca de leche; medio te atragantás, así con arcadas, y ahí yo siento que te baja el mar de flujo, pero a esa altura a mí ya me da un toque de asco, no, y no me va la onda de seguir chupando, porque siento que es la guasca del gordo lo que baja, y todo bien con tus gustos pero no es cuestión de andar tragando la leche de otros sólo por calentura.

Y bueno, nada. Yo ahí me alejaba un poco, y vos y el gordo se quedaban culeando, y yo los miraba, y me sentía bien por ustedes, que al parecer la estaban pasando bomba.

jueves, septiembre 15, 2016

Heladera

     Tres o cuatro días después del último concierto, Ricardo se dio cuenta de que la heladera no estaba funcionando. En cierto sentido, sí, mantenía su capacidad hermética y refrigerante, pero el funcionamiento general de una heladera depende de más que dos factores fácilmente reproducibles por otros artefactos; Ricardo sentía que la capacidad heladoril en general del artefacto estaba comprometida, pero siendo esto no más que una sensación abstracta de un individuo ignorante en materia de heladeras, decidió cotejarla con la opinión de un experto.
     Luego de no encontrar la guía telefónica por media hora, Ricardo decidió buscar entre los imanes de la heladera, y no tardó en encontrar uno que convenientemente tenía el nombre y número de teléfono de un técnico de heladeras. Así mismo notó que los dos o tres imanes que leyó antes de dar con el buscado contenían datos que sin duda podían considerarse útiles en diversas ocasiones.
Román tocó el timbre poco más de media hora después, y con la parsimonia de aquél que acostumbra entrar a casas ajenas y juzgar el estado de los electrodomésticos que allí se alojan, entró una vez Ricardo hubo abierto la puerta, saludado e indicado la dirección general en donde la heladera se encontraba.
     Apenas dedicando una mirada para reconocer el artefacto que debía inspeccionar, Román abrió su maleta y extrajo un pequeño aparato que Ricardo no reconoció, pero supo identificar como un instrumento para tomar determinado tipo de mediciones, y que si bien no representaba lo último en tecnología del área, poseía cierto aura de calidad que tal vez lo predisponía a ser útil por muchos años por venir, más allá de lo que el mercado denominase "tecnología de punta". En seguida lo metió en su bolsillo.
     Román se acercó a la heladera, y observo el frente y los lados, de manera lejana. Revisó la capacidad de las bisagras de generar un rango de ángulos adecuados entre las puertas de la heladera y la heladera en sí, y de lograr mantener con seguridad la posición de cero grados una vez el usuario hubiese así accionado.
     Metió la mano en la cavidad refrigerante así como en el espacio dedicado al congelamiento de víveres y enseres cuyo diseño requiriese temperaturas inferiores a cero. Con un suspiro, hizo aparecer nuevamente el extraño instrumento de medición, y lo introdujo en el espacio entre la heladera y la pared. Dado que no podía mirar el aparato, dedicó unos instantes a mirar a su alrededor mientras realizaba las mediciones, teniendo cuidado de no hacer contacto visual con Ricardo. Luego de un instante sacó la mano de atrás de la heladera, y con ella el instrumento. Lo miró, ajustó una perilla que seguramente controlaba una variable importante en la medición, y chasqueó sus dientes como quién descubre una certeza demasiado obvia para haber requerido un instrumento de medición.
     Con cuidado, introdujo uno de sus pies detrás de la heladera, a una altura considerablemente más baja de lo que había metido la mano, y dio una pequeña patada. El motor de la heladera emitió un quejido que rápidamente se transformó en un zumbido que llenó el aire por el resto del día.
     Román no le cobró demasiado a Ricardo, pero sí un viático que no correspondía.

viernes, febrero 01, 2013

Ese peligro inherente a tu compañía.

Vas a ver que un día te vas a equivocar al mirarme; se te va a correr justito la comisura de una sonrisa cómplice, yo voy a entender cualquier cosa, y se va a ir todo al carajo. Ese día voy a caer; vos vas a dar un paso en falso y yo voy a tirarme al vacío del amor imposible. Un día me vas a dar razones, y yo no me voy a hacer rogar.

Puede que te parés en el lugar equivocado, el sol se meta en tu pelo de la forma incorrecta, y yo decida que no vale la pena oponer resistencia al enamoramiento pelotudo que va a nacerme ese día. Y aunque vos me sigas viendo igual, y aunque yo siga haciendo el chiste de la poronga gorda del payaso del circo, desde ese día, cuando esté contando ese chiste de la poronga gorda del payaso del circo, en realidad voy a estar acariciándote el pelo despeinado con los ojos, acomodándolo detrás de la oreja para que se te vea el cuello que ahora no veo y no puedo dejar de extrañar.

Un día, no sé cuando, me vas a decir "hola" y ese va a ser el "hola" que colme el vaso, y me voy a enamorar perdidamente de vos, de tus cejas y del diámetro de tus talones. Y con esas cartas en la mano me voy a sentar a encontrar un párrafo para sacarte de adentro y no lo voy a encontrar; me voy a quedar callado, voy a darle una vuelta al chiste de la poronga gorda del payaso del circo, y esperar a ver cómo la risa se roba tu cara una vez más.