miércoles, marzo 30, 2011

Morocha.

Era la única morocha que conocía. Tenía el pelo lustroso, y sabía intercalar la agresividad con la que dominaba con el sutil cuidado al peinarse. A veces eran trenzas, a veces una tensa cola de caballo que saltaba por los aires cuando corría por el patio. Su flequillo era imposible, siempre recto y ordenado, aún cuando los mocos y la tierra del patio le ensuciaban el llanto.

Era la única morocha, y lo hacía saber con gritos y órdenes tiranas sobre el resto de sus amiguitas rubias e indefensas. Era la dueña de la soga y el elástico, y su madre seguramente fue campeona en ambas disciplinas, porque además era la dueña de todas las reglas y todas las canciones para jugar. Era el árbitro absoluto del patio.
Ella y su flequillo de acero gobernaban con mano dura pero justa. Casi siempre.

Con ella descubrí el amor, en una época distinta a esta, mucho más simple, con relojes distintos, y agendas mucho más concretas. Y lo descubrí a la hora de la siesta, con pavor insomne.

Se había portado mal, lo más probable. La alejaron de las rubias, que se burlaron de ella cuando la obligaron a acostarse entre la ventana y el perchero, dónde dormíamos los más tímidos y tranquilos.
Me pidió que le alcanzara una almohada y una manta. Me dijo por favor, y después, gracias. Y se acostó al lado mío, dándome la espalda.

Era la única morocha de la sala, y la primera que vi dormir. Su pelo, en una trenza apretada, se extendía en mi dirección, y sentí ese olor a shampú de manzana y tierra del patio que me acompañaría de por vida. Morocha ella, única. Fue la primera cosa que quise tener que no salía de las jugueterías.

A la tarde volvió a no hablarme. Las rubias le pidieron el elástico y se me fue para siempre.

1 comentario:

Ro dijo...

Esas historias infantiles son las que nos hacen lo que somos cuando grandes...