viernes, septiembre 14, 2007

Hans el valiente

Quieto, impávido, con los brazos en alto, el pequeño Hans esperaba la señal. Era el 25 de mayo más cálido que su corta existencia recordaba: 31 grados. Estaba oscuro, y lejos, tras bambalinas, escuchó a una compañera llorar y ser arrastrada por una maestra disgustada. Pero Hans estaba orgullosos de su estoicismo, y aquietó aún más, si es que esto es posible, sus brazos en alto; casi disfrutó del hormigueo que sabía precedía al dolor. Dolor intenso, crudo, que venía experimentando en los ensayos desde hacía tres semanas.

El dolor siempre le comenzaba un minuto después que el telón se descorría, y alcanzaba su punto cúlmine medio minuto antes de acabar la representación. Tomó una honda inhalación, y cerró los ojos. Todo su entrenamiento de las últimas semanas estaba a punto de fallar por un pequeño error de cálculo; Hans no sabía que la cartulina y el celofán pesarían tanto. Su madre había gastado más de 5 cartulinas marrones y tres celofanes verdes (de distintas marcas, para variar los tonos) sólo en la confección de los brazos de su traje. Tampoco había calculado las luces, duras, cayéndole de lleno en la cara, única parte de su cuerpo que aún lo identificaba como ser humano.

El telón se descorrió, y una ovación queda y amarga dio la bienvenida al monólogo de la pequeña Mariette. Hans ya sabía mejor que ella el monólogo sobre la patria libre que la pobre niña no podía dejar de confundir. Hans se sintió ofendido así mismo por las pocas dotes interpretativas de la niña. Vio a la maestra llorar de emoción, y esa obvia preferencia no hizo sino afianzar su fuerza de voluntad. Sus brazos, impertérritos.

Al promediar la representación, Hans no pudo no envidiar a los indiferentes compañeros que hacían una rápida e indiferente aparición como granaderos. Sus brazos, así mismo, le pedían envidiar al gordito del curso, embutido en una gran caja amarilla representado el cabildo. Lo veía sentado cómodamente dentro de su amplio disfraz, comiendo cuando nadie lo miraba.

La obra terminó, y fue despedida por una aún más amarga ovación, cargada de tedio. Hans ya sentía bajar el telón, cuando la directora subió al escenario: los ojos húmedos y la sonrisa amplia. Emocionada, comenzó a agradecer a la concurrencia, y a la maestra, por tan maravillosa velada. Hans vio al conserje sostener confundido la soga del telón, y a sus compañeros comenzar a relajar su actitud patria. Pero él no.

Hans era el heroico Sauce pampeano, árbol noble que supo acompañar al gaucho en sus eternas mateadas. Él no iba a dejar que un momento de flaqueza le arruinaran la interpretación.

El auditorio lleno de padres aburridos, se sorprendió al ver caer de lleno un árbol que minutos antes habían jurado era no más que un trozo de cartón.

2 comentarios:

Mandarinita* dijo...

·

un caramelo de eucaliptus para el alma




pobre gordo, yo también fui árbol en una obra (The Willow's wish) pero ser árbol era un papel importante.. era más importante que ser indio.. (mensaje subliminal discriminativo o ecologista?)

no sabés como m cuesta escribir la escena! "escriborro" mil veces, mil veces no puedo. juro juro q t lo mando. pero m voy a tomar mi tiempo..

juanita* dijo...

No lei esto asique bue, despues lo leo...
pero viste como son los latinos no? Se quejan de todo!!!

Gracias por la cancion. Realmente me habia olvidado q me la pasaste vos. Estaba tan metida en esa cosas de "delatinizarme" que se me paso... te voy a dedicar un post algun dia... jaja

adieu hoako.