miércoles, agosto 27, 2008

La masajista del sexto B

Eran las cuatro de la tarde, y yo todavía no había asesinado a Carol.
Entré a su edificio y amagué, por costumbre, tocar el timbre del séptimo B como lo hice siempre que fui a visitarla. En su lugar, presioné el del sexto B. Una voz femenina saludó secamente. “Tengo cita con la masajista”, dije, y la puerta se abrió con un sonido eléctrico como única respuesta.
En el ascensor, quieto, mirando los números sobre la puerta, pude notar mi tensión. Jugaba con el Ronson de mi padre, y me dije que estaba nervioso porque necesitaba un cigarro.
La masajista abrió la puerta, y allá estaba ella, tan hermosa como la recordaba. Era alta, y dominaba toda su figura una itálica rubicundez, curvilínea y voluptuosa. Sus ojos azules penetraban amablemente mi mirada, y mis testículos se contrajeron por la admiración que me provocaba esta hija de Minerva.
Me hizo pasar, y le pedí si podía fumar un cigarro antes de la sesión. Sonrió, y me acompañó al balcón. Miramos el río en silencio hasta que se acabó mi cigarro. Corría una brisa fresca, y su blusa se movía en torno a sus pechos turgentes; traté de mirarlos lo suficente sin que ella lo notara. Sentí ruidos arriba, y supe que Carol estaba colgando la ropa en su balcón. Tan predecible, tan estable en sus rutinas.
Tiré el pucho, y la masajista me hizo entrar en la habitación que usaba para trabajar. Cerró las cortinas, prendió velas, y puso un disco de New Age bastante apropiado. Me dijo que ella volvería en cinco minutos, que me sacara la ropa y me acostara en la camilla. Cerró la puerta ruidosamente, y me quedé solo en la penumbra. Me sentía pequeño, desubicado. Quise cancelarlo todo, pero sentí en mi bolsillo el Ronson de mi padre, y me dije que ya era tarde. Me desnudé, colgué mi ropa prolijamente en el colgador, me acosté boca abajo en la camilla y me tapé con la manta que me había dado para hacerlo. Esperé en silencio, repasando los pasos a seguir, hasta que la puerta se abrió. La cabecera de la camilla apuntaba en dirección opuesta a la puerta, así que solo pude escuchar sus pasos con tacones acercarse acompasados.
Lavó mis pies, y luego usó aceites para comenzar a masajearlos. La sensación era increíble. Empezó a ascender hasta mis pantorrillas, y apoyó mi pie sobre sus tetas, para usar ambas manos en masajear mi gemelo derecho. Su mano izquierda masajeaba mi rodilla derecha y en mi cabeza sentía que su mano seguía subiendo. Entré rápidamente en erección, y ella lo notó. Trató de no notarlo, pero comencé a frotarme contra la camilla para satisfacerme, en el momento que ella masajeaba mis muslos.
Con cara de asco, ella se alejó de la camilla, y tratando de que su asco no se contagie a su voz, me dijo que saldría un segundo, esperando que yo me calmase. Acto seguido taconeó con prisa hasta la puerta y me dejó solo.
Me bajé de la camilla, y saqué la bomba de mi mochila. La escondí en los estantes superiores del armario, y puse el cronómetro en 15 minutos. Me puse mi ropa, y salí de la habitación.
Le pedí disculpas a la masajista, diciendo que no sabía lo que me había pasado. Ella evitó mi mirada, sobre todo al notar que aun se notaba la erección en mi bragueta. Le pagué, y le dejé una abundante propina. Le dediqué, sólo por divertirme, una mirada lasciva, y ella asqueada me abrió la puerta. No volvió a mirarme a los ojos, y quedé solo en el hall del sexto piso. Bajé por el ascensor contento, mientras liaba un cigarrillo. Caminé hacia el río mientras lo prendía.
Llegué a una banca en la rivera, y me senté a mirar los movimientos hipnóticos del río.

4 comentarios:

theremin dijo...

comentario de minita:

"los hombres se calientan en cualquier circunstancia".

te quiero.

La de Mameluco dijo...

A pesar del cambio de la temática de lo que escribís por esa nueva instancia de tu vida a la que bien llamás "adulto jóven", me siento cada vez más cómoda leyéndote, más a gusto... Puede que no se vea la misma picardía que con la"profesora de ballet" pero me está resultando mucho más atrapante, sin perder ese condimento sin nombre que le ponés siempre a todo lo que escribís.
Como siempre, un placer...
Saludos!

juanita* dijo...

y que si la bomba fallo? Igual esta mas que claro que la bomba no le importo ni al escritor ni al lector...

Tus cuentos cortos estan cada vez mas calientes ultimamente, jajaja. Deberias escribir una columna para una revista porno...

Linda coleccion publicalos. yo te hago el diseño.

Pasajera en trance dijo...

Ufaa! Me ganaron de mano. Yo iba a sugerir lo de la columna para la revista porno. Pensalo, la idea no está mal :P