viernes, febrero 01, 2008

Panificados (I parte)

A continuación ud. va a leer medio texto. La otra mitad la va a poder leer el 8 de febrero (el próximo viernes) en este otro simpático blog. y hoy podrá ud leer en ese mismo blog otra media historia, cuya otra mitad la va a poder leer el mismo día, es decir, el 8 de febrero, acá.

¿Se entendió?



Joshua, el pequeño poeta de Ruanda, había bajado a comprar el pan, como casi todas las mañanas. Caminaba por la vereda tratando de figurar si su hambre le pedía una baguette, o unos miñoncitos.
En su estómago se arremolinaban, inciertos, los versos que configuraba su hambre. Joshua odiaba estos momentos, en los que su estómago le transmitía sus más básicas necesidades a fuerza de sinécdoques y epítetos sinestésicos. Las aliteraciones guturales de su estómago no hacían más que repetir un mismo verso. “la blanca palidez de la miga y el amarillo sabor del trigo, encierra en la dura corteza la simpleza del pan amigo”. Y Joshua se devanaba los sesos tratando de develar el misterio antes de llegar a la panadería.
Él sabía que no podía ir y pararse frente a Raúl, el panadero, y mirarlo con esa cara de consternación mezclada con hambre que le ponía siempre que llegaba con las dudas estéticas en el estómago. Bien sabía que Raúl no era muy amigo de la retórica, y que el verso despojado y espartano era su fuerte. Raúl encontraba la belleza que le hacía sonreír en el sentido literal de “Un cuarto de flautitas” o “media docena de vigilantes”. Lo malo del asunto era que, a pesar de ser un pésimo crítico literario, Raúl seguía siendo el mejor panadero del barrio.
Joshua decidió sentarse un segundo, a escuchar a su estómago. Hasta donde él entendía, lo único que podría diferenciar un pan del otro era la parte de “encierra en la dura corteza”. Pero era muy temprano, y tenía mucha hambre como para ponerse a pensar; maldita ironía. Tenía que pensar para sacarse el hambre que le ayudaría a pensar.

Lucrecia lo miraba desde la esquina. “Allí está el pobre Joshua, el poeta de Ruanda” pensó. Trató de agregar algo a su pensamiento que lo hiciera válido como idea, y no una simple noción. No se le ocurrió nada, así que completó con algo simple y fácil. “Allí está el pobre Joshua, el poeta de Ruanda. Lo amo.” Y cruzó la calle, dispuesta a besarlo. No pudo; algo la retuvo.
Joshua la vio, parada en mitad de la calle. “Algo la retiene, pero me mira instigadora”. Joshua, el poeta de Ruanda, se levantó y caminó hacia ella. Ella impertérrita, le esperaba. “Te amo” dijo uno. “Te amo” respondió el otro. Se besaron en mitad de la calle.
El estómago de Joshua gritó “¡Miñoncitos!”, y Joshua le dijo a Lucrecia de ir a la panadería. “No puedo, algo me retiene”. Joshua se vio venir algo horrendo, algo que frente a la gente decente lo iba dejar mal parado. “Tenés novio” preguntó.
“Nonó”, respondió ella.” Algo me retiene acá, simplemente. Me encantaría acompañarte, pero no puedo. O no debo, no sé.” “Esperáme acá”, le pidió él. “Compro unos miñoncitos y vengo”. Joshua caminó de espaldas, para no perder sus ojos de vista. La panadería estaba a dos cuadras, pensó. Si corro, no me tardaré más de quince minutos. Tal vez menos.

Ahora, vaya ud. a www.vespertine.com.ar y siga leyendo.

5 comentarios:

theremin dijo...

muy lindo. estoy celosa. pero muy lindo.

DobleV dijo...

si, volveré (y seré millones). algún día.

Ro dijo...

Sos un utópico.

Si me decís que no postee más es porque no sabés lo que es estar al pedo.

Fer dijo...

Que llamativo. Los dos dejamos a nuestros personajes con chicas. Los dos dejamos al personaje del otro en soledad.
Los dos detuvimos el tiempo.

Me gustó mucho esta experiencia. Un saludo y un honor.

guayi dijo...

sera que corre y se cae, o sera que corre y en camino el hambre le hace olvidar el beso y sus ojos.....esperemos para leer...